lunes, diciembre 27, 2004

Érase una vez un niño...

Érase una vez un niño, un niño definido por muchos y conocido por nadie. Un niño con todo lo que un niño de su edad puede desear. Un niño, sin embargo, con una inmensa sensación de vacío.

Se contaba de él que siempre se le veía solo y cabizbajo, pasos pequeños y manos en los bolsillos. Si preguntabas a la gente de la calle escuchabas cosas como solitario, tímido o incluso insociable. Pero todos narraban que en las noches de luna llena se ve, en sitios oscuros, su silueta quieta, casi muerta, y su cabeza por fin levantada, como si quisiera hablar con la luna... no... como si estuviera hablando con la luna.

Este niño se despertaba todos los días con desgana, sabiendo lo que iba a suceder y con las personas que se encontraría, sabiendo que la luna pierde su vergüenza cada treinta días (si hay suerte), y sabiendo que la cuesta que hay que subir cada día tiene una pendiente importante... tan importante que llegaba a la cima jadeando, con marcas a veces. Arriba ya se dejaba ver su hogar, pero lo que para cualquier niño hubiera sido alivio, para nuestro niño era inseguridad... casi miedo... a veces se lo pensaba dos veces antes de cruzar el tortuoso camino que acababa es una sala insonora, su habitación... y vuelta a empezar.

Era un día lluvioso en el que aquel niño, mientras seguía su camino, siempre mirando al suelo, preguntándose una vez más si todo aquello valía la pena, algo le encandiló: era un reflejo que rebotaba en un charco muy limpio, transparente. Alzó la vista y buscó... giró su cuello y volvió a buscar... allí estaba: era una pequella llama, pero no una llama cualquiera, no... una llama diferente, preciosa, y no por su tamaño ni por la vela que la sostenía, sino por su forma de brillar, lejos, sin duda, de cualquier palabra habida y por haber. Fascinado, en parte por lo que acababa de ver, en parte por la suerte que había tenido, el niño tropezó con la entrada de su hogar... Cruzó el escandaloso camino y se durmió, esta vez con un fino hilo de esperanza...

Al día siguiente, de un salto se puso en pie y con un gesto raro en su cara (él no sabía que se llamaba sonrisa) se dirigió al principio de su antes interminable camino. Con júbilo incontenible vió como aquella llamita seguía alli... igual de bella... igual de brillante... o más si cabe. La lluvía seguía, pero él ya no se mojaba... la pendiente no desapareció, pero ahora parecía que iba hacia abajo. Sin apartar la vista de ella, y sin pensar en otra cosa que no fuera ella, llegó a su habitación... no sabía siquiera cómo había llegado... no sabía en absoluto qué camino había tomado... pero a su espalda quedaba ese tan ruidoso, y es que no había otro.

Hoy ya no se ve a aquel callado niño. Algunos dicen que como siempre caminaba con la cabeza agachada, nadie conocía su rostro, y por lo tanto, nadie sabe quién puede ser. Otros dicen que un día la llama dejó de brillar, y no pudo soportarlo. Yo, si permitís que exprese mi opinión, creo que aquel niño, ciego de confianza, permitió que aquella llama viajara hasta su interior. Ahora él tiene un corazon ardiente, que no quema... gracias, por supuesto, a ella.

Lo que sí es cierto es que en las noches de luna llena sigue apareciendo (sobre todo en las playas), cada vez más clara, aquella silueta... ahora junto a otra, esta vez femenina.


Un niño.


Mirando la luna

1 Comentarios:

At 10:36 p. m., Blogger Carol dijo...

Hola niño. Me encanta lo que has escrito.
¿Sabes que puedes adjuntar imagenes usando el hello o el comando pertinente del html?...lo digo pa la proxima.
Q guay eso d q una persona cambie tu vida ¿no?....y sabes q? termine como termine la historia, el cambio q ha hecho no se irá jamás.
Amor y paz.

 

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